Long life of the kiosks

Larga vida a los quioscos

¿Qué define la identidad de una ciudad, de su gente? Las mil y una costumbres que uno hace sin saber por qué, pero hace con toda una comunidad, un nosotros particular.

En Málaga somos habitantes de la calle. Solemos encontrarnos afuera, en las plazas, parques y calles. El sol ayuda, o más aún, actúa como condición de posibilidad para una vida que duerme sedentaria pero vive nómada.

Ingrediente secreto de la cultura local

Hoy en día, en una realidad que comparada con la posguerra -europea pero sobre todo española- sólo puede calificarse de abundancia, resistir las fuerzas del acaparamiento consumista es casi imposible. Resisten, sin embargo, como vestigios vivos, lugares como los quioscos de comida que parecen encarnar especialmente bien el espíritu malagueño y andaluz de vivir la calle como un fin en sí mismo.

Sin marketing que los haga visibles, los quioscos con sus hojuelas de maíz y pipas de girasol son prácticamente inexistentes para el visitante. Quien está bien informado conoce los espetos, los churros y el vino dulce, pero prácticamente ninguno entiende el por qué de tantas cáscaras de pipas al pasar las procesiones o al terminar el fútbol en las gradas.

Vista omnipresente

El qué, cómo y cuándo del espíritu de un territorio puede ser, como diría el Principito: invisible a los ojos. Que son las semillas, cómo se las comen como peritos mientras miran nerviosos el fútbol o matan el tiempo, sentados en una silla de esparto, esperando que caiga la tarde y pasen sus santos, todo eso hay que decirlo para que se vea.

Los quioscos, a diferencia del Carrefour Express, en lugar de abrir, cierran cada vez más. Desde aquí, un alegato sumamente humilde para que sobrevivan estos lugares y costumbres que hacen que un lugar sea una ciudad con espíritu propio. Que vivan los quioscos, las semillas y la vida en la calle. Amén.

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